Sonsoles Romero, psicóloga Clínica e infantil en Las Palmas, nos habla sobre emociones reales. 

Ayer recibí una llamada de mi hija diciéndome que me echaba mucho de menos y que quería estar conmigo. Nos vimos el viernes y el domingo me echaba de menos y llamó llorando. En el momento en que estaba diciéndome esto por la TV pusieron alguna publicidad de algo que ella quería, algo que parecía que había intentado explicarle a su padre en otro momento y que él no recordaba. Así que mi hija interrumpió su conversación y le dijo a su padre: “eso es lo que quería que me compraras”. A su lado, una persona a la que mi hija ama, una persona que también la ama y que la cuida como una madre cuando yo no estoy, se rió y dijo: “ya se le quitó todo”.

En el siguiente instante, mi hija siguió con su conversación conmigo expresando sus sentimientos y emociones. Y yo reflexioné sobre ello.

Si yo estoy tomando un café con una amiga, contándole lo mucho que echo de menos a alguien, puede que sienta emoción, que derrame algunas lágrimas esperando la comprensión y empatía de mi amiga. Si en ese momento pasa un elefante por la calle o sucede cualquier otra cosa que me sorprenda, es posible que mis emociones se interrumpan de golpe para dar cabida a la sorpresa y mi atención se desvíe de lo que estaba sintiendo y contando. Dependiendo de la intensidad de la sorpresa, puede que vuelva a mi relato, con todas sus emociones y expresión de las mismas al instante siguiente o puede que ese estado previo termine sin más. Pero en cualquier caso, el hecho de que un instante desvíe mi atención hacia otro lugar no significa que mi estado previo fuera fingido, ni siquiera significa que ya no sienta lo mismo que antes, sólo que ha quedado eclipsado por un acontecimiento que me causó sorpresa. Espero que mi amiga nunca se ría de lo rápido que mi tristeza dejó paso a la sorpresa. Si en medio de nuestra conversación se acerca otra persona, también es posible que yo me controle y salude como si un momento antes no estuviese llorando y también espero que ese cambio no haga que mi amiga interprete que lo que sentía antes no era real, tan real como que ahora estoy sintiendo otra cosa.

Y me planteo: ¿qué creencias sobre los niños nos llevan a actuar así? ¿qué menos importancia damos a los sentimientos de los niños que a los de una amiga adulta? Quizás yo no echaría tanto de menos a nadie a quien llevara dos días sin ver, pero sólo porque soy adulta y sé vivir sin tener a aquellos a quien amo cerca físicamente. Quizás la expresión de mis emociones sea más moderada porque soy adulta y sostengo mucho mejor lo que me sucede la mayor parte del tiempo. Pero esta diferencia no hace que las emociones sean reales, para adultos y niños. Podemos llorar por cosas distintas pero el dolor es dolor independientemente del motivo que lo sustente.

Por otra parte, si realmente los niños tienen esa capacidad de llorar y sentirse tremendamente tristes en un momento, para reír como si fueran los más felices del universo al momento siguiente, es algo a admirar, algo de lo que aprender y sobre lo que más que reírme, cuestionaría mi propia capacidad para vivir el presente, siempre cambiante segundo a segundo.

Cuanta más empatía sentiríamos los unos por los otros sin esas creencias que subyacen en nosotros sin que seamos conscientes. Cuanto más verdaderas serían nuestras relaciones sin toda esa carga inconsciente de prejuicios e ideas preconcebidas. A mí me sirvió para estar atenta, mucho más atenta.

Emociones reales por Sonsoles Romero

Autora foto Caroline Hernández