Sonsoles Romero, psicóloga Clínica e infantil en Las Palmas, nos habla sobre Privilegios, tiempo y maternidad.

Samanta Villar no deja de salir haciendo sus declaraciones sobre su vivencia de la maternidad y otras tantas, a las que me estoy sumando, no paran de contestarle. Y digo me estoy sumando porque la nombro, pero en mi opinión, no tengo nada que contestarle, ni bueno ni malo. Esa es su vivencia y no hay mucho más que decir.

Lo que sí quiero escribir es sobre mi vivencia y las que de las mujeres que he tenido el honor de acompañar en 10 años acompañando madres, familias y crianzas de todo tipo. Para empezar pasa algo después de ser madre , entre las muchas cosas que pasan, y es que lo que antes era “normal” ahora pasa a ser casi un lujo. Hay cosas que en el día a día no se valoran y se dan por hechas que, de repente, al tener un bebé demandando presencia constante, se tornan un privilegio. Y podemos verlo así, como un privilegio que antes teníamos y no valorábamos para volver a valorarlo en el momento en que lo tengamos aunque sea durante un instante fugaz, o podemos verlo como un derecho que hemos perdido… según sea nuestra percepción, así será nuestra vivencia. Dormir toda la noche, comer tranquilas, darnos una ducha larga…no son derechos, son privilegios que, a base de tenerlos, nos parecen derechos. Muchas personas en el mundo no los tienen, nosotros sí y quizás debiéramos pensar en agradecer las pequeñas cosas del día a día más que en quejarnos por aquellas que nos faltan. En el mundo del consumismo parece que más siempre es mejor, pero una buena ducha es un placer al que tiene acceso una minoría de la humanidad y ni siquiera nos damos cuenta. Apreciar las pequeñas cosas del día a día, la tranquilidad para hacer una comida sentada, el silencio, la paz de la casa cuando todos duermen, una comida tranquila con la pareja mientras hablamos de nuestro día sin interrupciones…todo eso que damos por sentado, es un privilegio que disfrutamos sin contemplar, sin agradecer…

Por otra parte también siento que el embarazo y la maternidad en muchas mujeres  produce un aumento creativo importante. Si el útero es el centro de creatividad femenino, al expandirse durante el embarazo también se expanden  proyectos, ideas, textos, frutos de una creatividad desbordante que, en cuanto nace el bebé, por falta de tiempo, no encuentra la salida deseada y eso puede producir frustración. Sin embargo, para quienes somos conscientes de esto, es tan fácil como aprovechar el momento de las ideas para plasmarlas, hacer pequeñas anotaciones que no nos quiten demasiado tiempo para poder, después, al cabo del tiempo ( un año, dos o tres, los que dure la etapa de mayor demanda) poder llevar todas nuestras ideas a la acción si así nos place.

El otro día hablaba con una amiga que me contaba que estaba agobiada por las tareas pendientes que no podía atender porque su bebé estaba malito y necesitaba de toda su atención, le dije: NO TE PREOCUPES, AHORA ERES MÁS CONSCIENTE DE LO QUE VALE TU TIEMPO Y HARÁS TODAS ESAS COSAS EN MENOS DE LA MITAD DE TIEMPO CUANDO TU BEBÉ MEJORE. POR AHORA CÉNTRATE EN ÉL Y NO PIENSES EN LO QUE FALTA POR HACER. Y fue en ese momento en que me escuchó decirlo cuando tomó consciencia de que así era, que desde que fue madre aprovechaba muchísimo mejor su tiempo porque no sabía cuánto le quedaba para que el bebé se despertara o para que no pudiera hacerse cargo de nada más que de él porque no podía estar solo. Ser consciente del valor que tiene nuestro tiempo, tanto para dárselo a nuestros pequeños como para invertirlo en aquello que deseamos hacer, es otra de las cosas positivas que yo encuentro en  ese “corre, corre” de la maternidad. Las madres no perdemos el tiempo: LO APROVECHAMOS TODO!!

Y en este resaltar las sutilidades de las emociones maternales, también somos muchas las mujeres que experimentamos una nueva conexión con nuestras propias madres, para bien o para mal. Mamá, abuela o la tía que nos cuidó de pequeños, esa que incluso puede que ya haya fallecido y que tal vez no la tengamos muy presente, de repente cobra vida y hasta la echamos de menos. Y reviven en nosotras recuerdos tiernos y aparentemente intrascendentes de cómo nos cuidaron, o todo lo contrario, el dolor de la ausencia, del abrazo que nos faltó, del tiempo de presencia que no tuvimos. Siempre digo que el mejor momento para hacer terapia de una mujer es el puerperio; ese período que va desde el nacimiento del bebé hasta los dos años aproximadamente, es nuestro mejor momento para indagar en nosotras y sanar a la niña que fuimos. Aunque rara vez lo consideramos así, sin embargo es cuando más abiertas, vulnerables y expuestas estamos para poder VER y TRANSFORMAR nuestra mochila emocional y darles algo nuevo, limpio y transparente a nuestros descendientes.

Y, por último, pero no menos importante… el AMOR. Esto es algo en lo que coinciden todas las madres con las que he hablado: NO SABEMOS LO QUE ES EL AMOR HASTA QUE NO TENEMOS A NUESTRO BEBÉ EN BRAZOS. Sea por lo que sea, el amor que experimentamos en nuestro día a día previo a la experiencia de ser madre, no tiene comparación, no puede ni siquiera imaginarse. Poco importa que hayamos sido una persona muy amorosa o poco, siempre irá a más cuando recibamos a nuestro bebé porque así es como estamos hechos: para que esa criatura esté por encima de todas las demás cosas ha de ser así, por eso no importa cuánto amor hayamos experimentado y sentido en toda nuestra vida, ser madre lo supera todo porque ese ser depende de nosotras para sobrevivir y debemos amarlo más que a nada para que así sea, al menos durante sus años más vulnerables.

Privilegios, tiempo y maternidad por Sonsoles Romero

Fuente foto Patricia Prudente